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miércoles, 17 de septiembre de 2014

Sin título

Miro arriba y veo
veo un techo de nubes espesas
más allá la inmensidad, lo inefable.
Nosotros motas de polvo en un juego de formas.

Aquí dentro, en mi cráneo,
también hay nubes, océanos de nubes
más allá la misma inmensidad
sin borde ni forma.



jueves, 11 de septiembre de 2014

La última conversación con mi padre.



Hace tiempo que no escribo, no lo voy a justificar, es un hecho. Pero ahora, ahora necesito tomar una foto del flujo constante pero efímero, del torrente de agua que fluye en mi cabeza y que cambia de forma, de cauce, de potabilidad, de meandros, de remansos, pero que siempre es el mismo.
Hace tiempo que quiero escribir sobre mi padre. Pero ahora, ahora he entendido que debo hacerlo. Esto es una intimidad, íntima no solo con respecto a vosotros, sino con respecto a mí misma pues no siempre se cómo afrontar mi pensamiento acerca de él. También (me) confieso que tenía miedo de que pudiese sonar sentimentaloide, sensacionalista, la verdad es que no se si sabéis a lo que me refiero, hablar de la muerte de un familiar en público me da cierto pudor, pero no, no quiero justificarme.
Me he atormentado puntualmente (intento evitar bastante el tema) con la idea de que teniendo en mi propia casa a un gran hombre, un sabio, murió sin que yo supiera apreciarlo, antes de que realmente sintiese la búsqueda interior más como una necesidad que como algo con lo que me identificase exteriormente (tiene gracia) y me atrajese sin saber realmente lo que significaba, más por inercia y por herencia familiar que otra cosa. En los últimos años de su vida, en la traca culmen de mi adolescencia, yo estaba más ocupada en otros menesteres. Qué desgracia ahora, ahora que me hace tanta falta.
Bueno, redundar en esta idea como veis es algo masoquista y no lleva a ningún lugar, solamente a la culpa y a un sentimiento bastante intenso de soledad.
El caso es que después de su muerte yo toqué fondo (obviamente mi fondo personal, no me tuve que desenganchar de la heroína, ni estuve en la banca rota, ni nada de eso) pero sí que fue uno de esos puntos de inflexión. Se podría decir que hubo un renacer a partir de su muerte (poético, ¿no?). Fue una época muy espiritual y todo el rollo y di pasos cruciales e importantes tanto en mi interior como en mi vida.
Es un mecanismo de supervivencia supongo, el crecerse con las dificultades.
Con el tiempo ese impulso se perdió en algún lugar del pasar de los días, perdí velocidad, desaceleré y me volví a tropezar con las mismas piedras. Soy un ser humano de manual.
Ahora estoy en otro punto de inflexión auto-infringido esta vez. Una convulsión natural después de anestesiar la propia naturaleza de uno. No puedo vivir de espaldas a la búsqueda. Diréis, ¿qué búsqueda? y yo digo la de todos o mejor ¿acaso importa? Supongo que es esa búsqueda de la que han hablado tanto y de la que se sigue hablando y de la que estoy hablando ahora mismo. Un intento de comprender(me).
Pero inevitablemente me siento desorientada y, claro, pienso mucho en él.
Entonces me ha dado por creer que de alguna manera su enfermedad y su muerte fueron su última lección. Quizás por ese afán humano de darle sentido a las cosas. Una lección que fui olvidando y que tengo que retomar. Así, siento que aún no ha terminado la última conversación con mi padre.
Probablemente siga escribiendo al respecto, quizás no. Ahora mismo me está calentando demasiado la cabeza este texto tan atípico para mí, tan largo, tan personal y tan en prosa. Es suficiente.




martes, 9 de septiembre de 2014

Cosas que en principio no iba a publicar.

En sus ojos ardía el mundo y su alma.

A miles de kilómetros alguien se conmovió con palabras que eran como caricias. Palabras que hablaban del viento en el pelo de una chica. Palabras en el viento a una chica que a miles de kilómetros escuchaba y percibía algo que salía de mi pecho y que mis oídos, a escasa distancia, no conseguían separar del ruido del mundo.
Como un disparo a quemarropa: el testigo oye la detonación, la víctima no.
El alma crea cosas que solo están destinadas a los demás y ahí está la huella de Dios: no es necesario para la lógica, pero existe, como la ternura o la venganza. ¿Me entiendes?
Hoy mi alama ha perdido el mando. La han derrocado mis vísceras y planean provocar un cisma sangriento en mi cuello y un mórbido cráter en mi pecho. Entre tanto el cerebro se pierde en la ironía recurrente. Se consume a sí mismo encadenado a axiomas que no sabe controlar. ''Siempre hay tiempo, siempre hay una excusa, siempre se pueden exigir responsabilidades a los demás''.

Pero cuando las luces se apagan y tengo que dejar de actuar, toda la farsa se derrumba. Nunca podremos engañarnos a nosotros mismos para siempre. Hay algo innecesario y divino que se interpone. Ese algo duele cuando se le intenta engañar y acentúa cada fracaso, cada error programado. La recurrencia. Ese golpe que siempre te das contra el mismo mueble, una vez tras otra. ''Lo único que realmente he aprendido gracias al tiempo sobre el pensamiento humano es que en la mayoría de los casos la contradicción que se repite es una de las constantes más frecuentes y fiables. Yo soy tal y pasa el tiempo y me releo y resulta que no estoy de acuerdo y ahora soy cual.''

La desesperación parece inevitable, pero el caos y la falta de lógica del comportamiento humano son un arma de doble filo: allí donde la sangre brota por desidia, son regadas las semillas de un nuevo día, y con él la posibilidad de que algo cambie. Solo hay que abrazar la idea de que puede que jamás veamos el cambio, puede que no sea para nosotros, y aún así podemos sentirnos satisfechos de las palabras que son caricias a miles de kilómetros, o de los puentes que creamos y que jamás cruzaremos. Lo innecesario es lo divino, y sin espiritualidad se puede respirar, pero no tanto apreciar el aire.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Tic,

Tac,

Tic,

Tac,

Metáfora indiscutible del tiempo.

Día a día pasan las horas, día a día crecen elementos, día a día se destruyen.
Y nosotros parados,  estatuas de sal ante el viento, observando cómo desaparece nuestro humilde y bello mundo incierto.

Creemos ser superiores al resto de moradores. Somos la raza más fuerte, la dotada de intelecto. ¿Intelecto? Acaso puede llamarse intelecto, o fue una construcción lingüística para designarnos como reyes de este gran reino.

Día a día crecemos, día a día nos destruimos, día a día nos matamos nosotros a sí mismos.

Me río yo de nuestro intelecto, aquel fascinante intelecto para diseñar armas milenarias, no solo por la potencia si no porque quedaron marcadas por el millar de bajas, por macar la humanidad y naturaleza como una sagrada vaca. Quien a hierro mata, a hierro muere y esa es la triste historia de nuestra cruel raza.

Diseños de máquinas capaces de crear agua, pero eso sí, a manos de las grandes marcas, y mientras tanto a la población ¡qué les jodan!, ¡qué  sigan con el cubo y el barro, a ver si se ahogan! Hipócritas, no tenéis vergüenza para hacer lo que os plazca, luego hacéis spots publicitarios como si nada, anunciando la  apradinación de un niño y ustedes a las espaldas explotándolos en lugares, en los que la vista desde un centro comercial, no alcanza.

Las aceras de Berlín, hechas con sudor y lágrimas de familias enteras sumidas en la roca esclava. Niños de meses, esclavos de por vida, por deudas paupérrimas y sueldos que te quitan la vida.

Pangea, no puedes acumular más mal en tu interior, somos la raza más cruel jamás conocida, literalmente tu peor enemiga.

En nombre de un supuesto Dios, Alá, Buda, Dinero o como queráis llamarlo, matamos, violamos, humillamos sin compasión. Y en pleno siglo XXI aun continuamos peor.
Guerras por doquier, Sudán, Turquía, Afganistán, Pakistán, Mali, República democrática del Congo, Kenia, Siria y el Líbano, Irak … podemos continuar pero se ha de resaltar que tras estos nombres, simbólicamente Estados, está la población, la humanidad pues no hay fronteras para determinar en qué Estado se ha de estallar, ¿por qué a la gente matar? ¿por existir la diversidad? ¿por tener aun más dinero que el resto a coste de dejar morir sin pensar? Sin pensar en cuántas vidas dejas atrás, no con lo mismo que tú si no con lo mínimo para poder subsistir dignamente y respirar.


Hay tantas imperfecciones que no sé por dónde comenzar, si por el amenazante cambio climático, la corrupción o la inmensa pobreza de la humanidad. Continuemos jugando en la vida sin pensar, sin ver lo que tenemos dos palmos más allá. ¡Qué pena me da! No poder girar las tuercas y todo reequilibrar. Yo no quiero nada, mas si lo que tengo ya.

viernes, 5 de septiembre de 2014

Culpable de insecticidio frustrado e intento de bicherato.

''¡TAC!''
Abro los ojos. La luz del Sol atraviesa 150 millones de kilómetros de vacío y gases. Hace mella en mis ojos. ¿Dónde estoy? En el viejo Seat Córdoba, adormilado. Un gran escarabajo quizá, contra la parrilla del radiador, es lo que me ha despertado. Huele a higuera y sal, pero yo todavía no sé que esos son los aromas de mi infancia. Las cigarras vibran y hacen vibrar todo el campo que rodea a la carretera costera, pero tampoco sé que ese será el sonido de mis más dulces recuerdos. La ventanilla no baja por completo, ni yo llego a la altura suficiente como para asomarme al exterior, así que solo veo el cielo azul del afelio, el Mediterráneo y las copas de los pocos árboles que crecen en la margen de la calzada. Es tan agradable y sencillo que noto que me fundo con el asiento. Me pierdo en el patrón de colores y manchas de muchas horas de uso... Me pesan los ojos. Los aparto del brillo hiriente. No puedo escapar y los cierro. Estoy con mi familia, estoy bien. Estoy a salvo.

"¡TOC!"
Lo he oído. ¿Dónde estoy? Este no es el coche de mi padre. Y aún así él conduce. Mi madre va de copiloto. Entre ambos hay una conversación y una gran mancha que se mueve en el parabrisas. Avanza hacia arriba, en contra de la gravedad, y se va transformando en un surco gris verdoso. Me recuerdo a los tatuajes azules de las mujeres del sur de Marruecos. Un surco vertical de un color poco definido. Antes un insecto. Casi he sentido el impacto en la piel, aunque puede ser que lo haya imaginado. Mi madre y mi padre, a 150 millones de kilómetros de mi, hablan sobre algo y yo los veo alejarse más y más. Los oigo irse lejos. No se si son ellos los que están en fuga o soy yo quien se hunde en el asiento. Aún no he visto Trainspotting, pero probablemente esto debe ser algo parecido a hundirse en una alfombra. No lo entiendo: ¿cómo es posible que ya no les oiga? Hace un momento todavía podía distinguir sus voces. Quiero hablarles, quiero preguntarles de qué están hablando, si han sentido el impacto como yo; quiero escuchar mi voz. Pero algo... no puedo... y esa mancha. Esa mancha. Un saltamontes.

''¡ZUMMM!"
Me llevo la mano al cuello. Algo se revuelve. Una pobre abeja sin aguijón. ¿Y el aguijón? En mi cuello. Joder. Ha entrado... No, ha sido absorvida por la ventanilla del copiloto y ha acabado clavada en mi cuello. Menudo coincidencia, menudo jodida coincidencia. No me duele. ¿Con quién voy? Ah, mis tíos y mis primos. Naima, Abdelah, Musa, Ismael. Mi tía se ha dado cuenta. No, tranquila, no me duele. Bueno, no se lo he dicho, pero no me duele, de verdad. Me da pena la abeja. No me ha picado. Solo ha chocado fortuitamente contra mi cuello. ¿En serio? Me río aunque en realidad no me hace nada de gracia. Pero es una historia llamada a ser anécdota, y es lo suficientemente divertida como para reir en el momento. Pero la maldita abeja estúpida y con mala suerte... para ella no hay risas. Igual están acostumbradas a estas cosas. Mejor morir en mi cuello que en el morro del Seat. El viejísimo Seat Córdoba antes de mi padre que ahora conduce mi tío. Los moros no llamamos tío a los tíos políticos, sino ''el marido de mi tía''. El marido de mi tía para el coche, bajamos, mi tía mezcla agua y tierra y termino la travesía con un emplasto de barro en el cuello. Me hubiera gustado quedarme con la abeja.

''¡TATATATATATATA!"
¡Woah! ¿Has visto cuántos bichos? Mi padre tiene que poner el limpia-parabrisas incluso. Han salido de la nada, como en las pelis, y han chocado como granizo. Uno, dos, tres, cuatro cinco seis siete ochonuevediezveintetreintacinuenta y dos... todos y cada uno muertos. Qué barbaridad. Si los insectos tienen su propia historia, la invención del automóvil debe verse reflejada como el comienzo de uno de los mayores genocidios de su existencia. En la península ya a penas oigo bichos chocando contra el coche. Igual han aprendido a evitar los ríos negros de asfalto. O puede que ya no queden muchos. Aquí en África hay menos carreteras y hay muchos más insectos. Igual tiene algo que ver. Eso y el calor. Y los animales de granja, claro. La vida rural. Lo cierto es que hace mucho calor y apesta a cuadra toda esta carretera comarcal. Da igual, ha sido impresionante. En un instante, un puñado de organismos vivos pasan a ser material en descomposición en el morro del nuevo Kia Sorento de mi padre. Su bautismo de fuego.

''¡POC!''
A estas horas ha debido de ser un mosquito. Me parece que ha sido en el retrovisor del copiloto. Vamos a cien, quizá ciento veinte kilómetros por hora, y aún así podría asegurar que he notado el impacto en mi oreja derecha, justo delante. Los faros sajan la noche. Dos tajos de película de miedo sobre un asfalto gris, y a los lados del coche  t o t a l  y  a b s o l u t a  oscuridad. Que le jodan al chupasangre, supongo. Un pequeño mamón menos del que preocuparse... Si es que yo viviese cerca del arcén de una carretera comarcal sin farolas. Puede que no se lo mereciera tanto, al fin y al cabo. Igual -digo yo- se ha visto envuelto en el impacto intentando acercarse a la única fuente de luz en varias decenas de kilómetros cuadrados: los faros del coche. Ha visto la luz. Y zás. Ahora es una mancha. Cuando lleguemos a casa, si sigo despierto, miraré si hay una mancha en el retrovisor. De hecho voy a pensar en ello y a no dormirme en lo que queda de camino. Quiero estar seguro de que lo he escuchado bien. En cuanto llegue lo miro. Total, no debe quedar mucho. Media hora a lo sumo................¡el mosquito! Media hora nada más. Venga. Seguro que al bajar lo veo ahí espachurrado........medio mosquito más. Casi es la hora. Cuando lleguemos -bostezo- a mi oreja derecha voy directo a mirar el faro de mi oreja, el faro de mi, el faro, el mosquito...

''...''
Ya no hay bichillos que aplastar, a penas, Marquesa. Ahora solo se oye el viento depurado y estéril, entrando en el sistema de refrijeración del coche. Sin residuo sólido. El dióxido de carbono no hace ningún sonido al golpear el parabrisas, o yo no lo escucho. Las cosas parecen lo mismo, pero no lo son. ¿A dónde hay que ir para volver a chocar con los insectos? Si tú lo sabes, no se lo digas a nadie, pues nadie se merece ese poder. Ningún oído merece oír el impacto, ningún ojo ver el surco de muerte, ninguna memoria atesorar ese hermoso genocidio. Esa conmoción que sobreviene al comprender que en un instante una criatura que vivía pasó a ser una mancha, una anécdota de viaje, un residuo. En un instante. 


sábado, 16 de agosto de 2014

Banderillas.

Cosas que yo pienso y tú disfrutas. La fruta madura casi podrida, de verde que está y de asco de un jardín que se muere porque se mata. Estaba loca, y estaba loco, y engendraron loquitos con excusas. Y aunque vinieron y vienen bañaos en sangre no quieren irse manchados, ni estarlo mientras que están. Estamos. Hartos, de nosotros mismos. El que no, se es muy indulgente; se da el capricho de sostener una moral en pie cuando todo está segao por el tallo. Ya lo vemos, todo; el horizonte y todo. Junto forma algo, ese algo que rebota entre las sienes y es verdad absoluta incompleta: tú no ves nada. ¿Quién eres? ¿Existiría la duda si no le dieses vida en preguntas?
Llámame si tu vida da un giro horrible y tienes que recomponerte de cachos y despojos de tu historia mancillada, de tu media cara en ceniza que explotó por ideales que no eran tuyos, ni lo son. Todas las voces a la vez son a penas un murmullo, según la distancia, y se pierden en el fuego de muchas estrellas. Hasta la fantasía se pudre y vuelve a la tierra.
Si pudiéramos amarnos lo haríamos. Si pudiera ser más claro tendría menos sentido en tanto que no querría, como el que canta a plena voz pudiendo declamar en susurros. Tú me escuchas, sí, pero no me bastas.
¿Sabías que las gaviotas madrugan? Y la hierba buena hay que podarla o se asalvaja. Como mis deseos, o los tuyos. La gaviota que no quiere, la hierba buena rascando calor del suelo del patio y yo mirando en otro momento, en otras partes, como con los acordes de luces de plata, arde el monte. Se huele. Da calor. Como un amante: la destrucción que habita en cavernas del sueño y la negación. Tu vecino el que siempre saludaba ahora camina con la cabeza tapada con voz en off. Tú nunca. Tú no. Tú no tendrás nunca voz en off que les cuente tus hazañas. Como alcanzar el mando sin ponerse de pie, fingir que comes o pillarlo bien comportao.
Actúa como quieras que del resto se ocupan ellos. Y en tus privacidad disfruta. En público sé puta y escapa de la picadura de la hormiga de arriate. En tu casa, solo o con tus muertos, disfruta de la flor de cáñamo y el rosal, el limonero, la fruta que no es de plástico, la que da miedo por sucia, la que comen los pájaros. Si está malo es por nosotros.
Pulmón de acero y aceites, ahora tu montura; y plomo acelerado para el enemigo de tu amigo. No me hables de conflictos lejanos; explicame, si puedes, los motivos por los que no me abalanzo a tu cuello y te arranco, digamos, la carótida. Seguramente porque tengo otras cosas que comer con mis dientes de ratón-obeja. ¿Cuánto tiempo aguantarán la dieta sólida?
Yo te explicaré de forma improvisada, muchos motivos que me impiden lanzarme a tu frente y besarte y ser tu hermano: algo canta desde siempre en mi interior y su melodía son tambores muy antiguos. Tam-tam- tam. Poco. Me quejo más de lo que en principio debería. Dios nos dio bocas para ser gilipollas y decir en un enfado la verdad y en una cita los embustes. Nos dió un par de manos y nuestro principal error a la hora de complacer a otros es intentarlo complaciendonos a nosotros mismos. La dificultad es lo que le da sentido. El sacrificio. Te lo doy cuando no quiera dártelo porque lo que siento trasciende las circustancias puntuales.
Lejos de mi. El miedo solo está en la televisión. Un niño, dos, tres, cuatro, ocho, dieciséis, tralarí tralará. Unos padres que, un entorno, acceso precoz a internet... Y la pretensión de entendernos, de tener ya tantas claves que el resto de la partitura pueda ser interpretada con la intuición y el precedente. Todo está hecho.


Yo digo: nacido, hombre, atrapado en tantas esferas que no elegí y totalmente incapaz de saber dónde está el hogar. Indagando con todo lo que está a mi alcance en la lucha por comprender y preveer. Comenzando a ver que mi visión solo abarca un minúsculo trozo del diseño completo. Me llegan mensajes como ráfagas de viento y nunca hay una verificación. Mientras tanto, conjeturas, ideas, chorradas al fin y al cabo. Un nudo en la mayor red, y yo intento roer un trozo, por ver la sección, con mis dientecillos de obeja-ratón.
No les creo, y esa falsa seguridad va a acabar con muchos. Y todavía se salvarán los suficientes para seguir. La criatura que vive en el centro de cada persona demanda sangre. Y que brote por un solo significado: violencia.

Por supuesto, todo esto no es más que ficción. Mi ficción.

domingo, 27 de julio de 2014

Amor-bido

El anciano mamporrero Shashamu era conocido en toda la comarca por sus historias. Se decía que era muy, muy viejo y que había viajado mucho más que muchísimo aunque menos que un montón. Por esto, el viejo Shashamu solía alardear de que conocía cien pueblos distintos y mil historias de cada pueblo. Y aunque pudieran parecer demasiados pueblos, y sin duda demasiadas historias, lo cierto es que muchos de esos viajes los realizaba sentado bajo una vieja higuera que crecía salvaje en la huerta de su tía-abuela Consorcio. Al parecer, bajo este árbol solían proliferar en los meses sin ''r'' unos extraños tallos que, al ser masticados, conferían el don de la clarividencia, además del aliento de una mula que llevase semanas muerta al sol.
Esa tarde de junio, los niños se sentaron -a una distancia prudencial- alrededor del abuelo Shashamu, esperando a que este recobrase la consciencia y comenzase a contarles una de sus fantásticas historias. El abuelo, tras largo rato de ausencia, se encajó la mandíbula de la que pendían tres densos hilos de saliva y un tallo verde, y en todo digno, comenzó a contar:
-Será una vez, en un reino no demasiado lejano, una pareja de hermanas de padres distintos que vagarán por esta tierra para cumplir un gran destino. Acercaos, pequeños gorriones, y dejadme que os cuente qué destino es ese...

***

''¡Hostia puta! Menuda mole.'' Fue lo único que se le vino a la cabeza al joven Wolfgang cuando vio entrar en su tienda de asientos para water a esa inmensa figura femenina ataviada en un traje de novia que parecía pedir socorro en cada movimiento de la imponente hembra. En sus veinticinco minutos como dependiente en Hundertwasserhaus jamás había visto algo parecido a esa ingente cantidad de humano introducida a presión en lo que, por otro lado, parecía un bonito traje nupcial hecho con la tela del paracaídas de la sonda Apolo 11. Cuál fue su sorpresa cuando, tras la primera bestia bípeda, apareció algo parecido a un hobbit con los pies pequeños. Un examen ulterior le indicó que se trataba de otra hembra, posiblemente humana. Esta también vestía el blanco, con velo y cola incluidos. ''Bueno, al menos no tendré que barrer...''
El joven Wolfgang, hijo de una familia de mendigos austriacos venidos a más, decidió observar con detenimiento a las dos muchachas que despertaban una gran curiosidad en él. 
Comenzó por la de mayor tonelaje. Supuso que esto se debía simplemente a la gravedad que ejercía tal cantidad de materia en movimiento. La chica -apelativo solo de cortesía- era total y absolutamente negra, a excepción de sus ojos, sus dientes y las palmas de las manos. Unas manos hipercalóricas como zarpas de oso sin pelo, que danzaban torpes pero ágiles de una estantería a la otra, tocándolo absolutamente todo. El joven pensó que probablemente trataba de buscar algo que llevarse a la boca. ''Seguro que la muy foca está buscando algo que comerse. Por el amor de Dios, espero que no se coma los remaches de las estanterías'' fue exactamente lo que pensó. La otra muchacha parecía insignificante a su lado. Tenía el pelo corto como un chico, aunque sendas protuberancias a palmo y medio del talle y una voz rotundamente femenina daban fe de que se trataba de una mujer. Su cara reflejaba a la vez la más profunda angustia y una suerte de deseo o ansia por satisfacer. ''Puede que tenga mucha hambre. Puede que lleve semanas sin comer bien. Puede que el cachalote no la deje probar bocado''. 
Pronto descubrió el nombre del infame berraco que se paseaba toqueteando todo. Su acompañante, que parecía además ser su amante, no paraba de repetirlo, aunque en un primer momento Wolfgang no lo hubiese podido escuchar con claridad. ''Precious, por favó, no rompas nada. Precious deja eso. Precious ten cuidado, nos van a echar. Precious. Precious. Precious.'' Una y otra vez.
El joven podía entender ahora la angustia de la pequeña mujer, reducida a liliputiense en presencia de su mórbida amante. Supo que eran amantes de una forma un tanto grotesca. En un momento dado, entre la estantería de fundas de terciopelo y la colección Cool-Butt de asientos de escayola lacada, la enorme Precious se detuvo, se giró hacia su acompañante y se acercó hacia ella. Wolfgang pensó que ese era el momento, que se iba a producir el primer caso de canibalismo en su tienda de asientos y complementos para water. ''Se la va a comer, ¡esa jodida gorda se la va a comer por Dios santo!'' fue, aproximadamente, lo que pensó. Pero resultó que la megalítica Precious no llegó a comerse a su amante. Solo la besó, de una forma tan tierna que solo podía ser la antesala de algo mucho más íntimo. ''Esto transgrede todo lo humanamente comprensible. ¿Cómo lo harán? Bueno, seguro que nunca le toca a la negra estar encima''. 
Pasaron los minutos y la actitud de ambas cambió. La pequeña hobbit ahora parecía más azorada que antes, y no paraba de mirar de un lado a otro. Esto le permitió al muchacho ver su cara con más atención. Resultó ser una chica realmente hermosa, de labios gruesos y unos ojos que cautivaron al dependiente hasta tal punto que se olvidó por completo de la copia negra de Moby Dick que deambulaba por su tienda. Cuando quiso darse cuenta, Precious salía de su tienda impulsada por las dos columnas romanas que eran sus piernas bajo el suplicante vestido. La pequeña la seguía.
No era costumbre del muchacho inmiscuirse en los asuntos de los demás, pero tras el acelerado '' Auf wiedersehen'' notó dentro de sí que debía seguirlas, por su propio bien. En los pocos segundos que tardó en tomar esta decisión, las dos amantes le tomaron mucha ventaja, y al salir de su tienda ya no las vio. Pero las buscó. Pensaba que no le costaría encontrar a una muchacha tan notoria como aquella. ''No tiene que ser difícil encontrar a la que quizás sea la hembra más gorda jamás creada por la maligna mano de la naturaleza. Buscaré en lo que seguramente será su hábitat natural: la cafetería''. 
Pasó cerca de unos baños en su camino a la cafetería, y allí creyó escuchar la voz de la pequeña acompañante de Precious. Se detuvo donde estaba y miró a su lado: estaba frente a una tienda de colchones. En el escaparate se mostraban varios modelos unipersonales de colchones de plumas de rana y pétalos de canguro. Tras uno de ellos intuyó la inabarcable figura de la gorda. Desde fuera, y con las perspectiva del momento, esta se veía sobresalir a ambos lados del colchón, quedando su cabeza y el resto de su torso cubiertos a la vista del muchacho por la pieza en exposición. ''Parece que al colchón le hayan salido brazos como bombonas de butano''. 
Se precipitó hacia la tienda, pero al entrar ya no veía al hipopótamo nupcial. En cambio volvía a ver a la pequeña umpa lumpa de pelo corto. Miraba hacia delante y un poco hacia abajo, y parecía estar hablando con alguien. Cuando se acercó pudo escuchar lo que decía: ''Precious, levántate de ahí, que esto no es nuestro, que nos van a echar''. Dos pasos más y pudo entender la situación: Precious se había tumbado plácidamente sobre una cama de matrimonio y comenzaba a adormilarse. ''Mucha actividad eso de mantenerse en pie más de media hora, supongo'' pensó Wolfgang. Entonces una voz muy melosa, como si saliese del fondo de un cántaro de miel, llegó hasta sus oídos. ''Vamos, túmbate conmigo, vamos a dormir''. En efecto, era la voz de Precious hablándole con extrema dulzura a su amante de metro sesenta. Con inmensa resignación que casi conmovió al muchacho, esta se encaramó como pudo a la media pulgada de cama libre que quedaba y se acostó junto a su GRAN amor. Ambas se besaron con más ternura que pasión y Wolfgang se dio cuenta de una gran verdad: que el amor destruye todos los impedimentos, incluso aunque estos consistan en más de un centenar de kilos de material adiposo. 
Se fue de la tienda de colchones conmovido, pero feliz y sobretodo muy esperanzado. Había descubierto que todo era posible.

Fin.

Dedicado a Macarena, señorita de la destrucción, protectora de la Aldea, madre de toda catarsis mentrual y dueña de la carcajada sideral. Un final abrupto como despertarse de un sueño.

viernes, 25 de julio de 2014

Adreim al a sodi

Escribo porque no estás aquí y con algo tengo que rellenar el hueco.
Llevas sin estar demasiado tiempo, así que me he acostumbrado a escribir.
Ahora se me da bien... No sé si quiero que vuelvas.
Ahora ME gusto. No tengo claro si te necesito.

De todos modos, cuando te escribía, no respondías. Y te he escrito mucho. He gastado noches. ¿Entiendes? Ahora, día santo, gasto mi fe con tal de mostrarte mi amor y mi odio, las dos caras de una moneda que me baila en el bolsillo. ¿Sabes qué más baila en mis pantalones? El cinturón, con agujeros adicionales.

Se paraba en los lugares estratégicos, pero en un mal momento: ese mirador, pero con niebla. Creía que así ejercía algún tipo de justicia. ''Yo te daré sentido cuando no tengas uno. Yo les hablaré de guerra en épocas de paz''. La playa los días que no eran de baño. Completaba el círculo haciendo cosas innecesarias, cediendo cuando era su derecho exigir. Quería cuando no era querido. A veces no entendía cómo podía vivir en una contradicción tan espesa. A veces no entendía, pero sentía y creía escuchar la voz del tiempo. Susurraba: no importa.

Y si no importa, se puede escribir lo que sea. Y el sentido vendrá solo. Se puede hablar de cordones de zapatos, o de tacones. Bonitos tacones, caros tacones, manchados de orina. Bonitas camisas, plegadas, y la cascada que surge desde el estómago herido que mancha el pavimento. El lujo en un grumo de vómito. El deseo entre los coches, la orina entre las piernas, el deseo flexionado meando entre los coches y un ''no mires, cerdo''; daños irreversibles en los meniscos de la que algún día será la puta madre de alguien. ¿Quizá hoy? ¿Quizá contigo?
Pero la indulgencia existe. Puestos a prostituir, prostituyamos la verdad. Que el olvido cure los desgarros. Total, nada importa.

Imaginaba  escenas grotescas en las que se revolcaba por el suelo, graznando improperios, en medio de la calle abarrotada. Y contaba los segundos. ''Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...'' ¿Cuánto tardarían en dejar de darle importancia? No había tiempo que perder en un loco más. Tenían compromisos, cosas que pagar con dinero prestado, dinero que devolver, alcohol que devolver, regalos que devolver. Tenían mil y una cosas que hacer a desgana y por compromiso, COMO IBAN A PRESTARLE ATENCIÓN A ESE TARADO.
Luego volvía en sí, pagaba el bus y se sentaba donde no tuviera que mirar a mucha gente, ni ser visto por mucha gente.

Pero el dolor sí importa, y por eso lo explico.
Hace poco me crucé con alguien, y tuve que fingir que me importaba lo que me decía. Joder, incluso estuve sonriente y jovial. ¿Pero era yo? No... era ese otro, el que ellos han hecho. Cómo le odio. ¿Para qué carajo quiere caerles bien? Desde luego es odioso ese individuo, debería cortarle la lengua, así aprendería. El caso es que desde que habla por mi, tengo menos problemas afuera... pero más confusión adentro.

A veces no sabía qué hacer y escribía. No sabía qué, pero siempre salía algo. Un recuerdo, una mala intención, o la música. Matar en la ficción le relajaba. Entregaba en sacrificio su vergüenza y sus secretos, siempre envueltos en capas y capas de palabras y metáforas. Atravesaba la cobertura y pinchaba hondo, derramando su puta sangre sobre... ¿Quién? ¿Alguien la saborea? A veces puedes escupir bilis y recibir rosas. No hay nada peor que recibir amor del ser odiado. No hay nada peor que gritar y gritar, buscando ayuda, y que esos hijos de puta aplaudan cada vez más fuerte, para silenciar tus gritos. No se dan por aludidos, son inmunes, solo quieren carnaza. Solo queréis carnaza -aquí aparta la vista de la hoja y te mira fijamente a los ojos-.
Idos a la mierda.

miércoles, 23 de julio de 2014

Shorok. Gorob.

http://leyendotebeos.blogspot.com/2010/08/split-panel-por-john-buscema.html

...
Bueno, déjame que te lo explique con un ejemplo. ¿Eres más de amaneceres, o de atardeceres? No hace falta que respondas.
...
Lo sabía. No hacía falta que respondieses. La mayor parte de la gente prefiere los atardeceres a los amaneceres. Y es comprensible.
...
Los amaneceres.
...
Pues porque a mí me gusta llevar la contraria, claro. Pero déjame que te explique el ejemplo.
Tú prefieres los atardeceres. No te voy a preguntar el porqué, pero intentaré expresarlo con mis palabras. Tú solo dime si estás de acuerdo con mi explicación, ¿vale?
...
Bueno, pues yo diría que te gustan los atardeceres por la simple razón de que es un espectáculo capaz de seducir al alma, de conmoverla. En definitiva, es algo bello. Es un momento único en el día, y puede simbolizar muchísimas cosas. Tiñe el horizonte de fantásticos colores que no son apreciables en ningún otro momento. Como he dicho, algo que rebosa hermosura. ¿Estás de acuerdo?
...
Ya me imaginaba. Además hay que tener en cuenta que se me da bien expresarlo en palabras que suenen agradables. Artísticas incluso.
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Bueno bueno, piensa que voy a ser totalmente honesto contigo durante esta conversación, que es más de lo que recibirás normalmente de la gente. No voy a interrumpirme con falsa modestia.
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Sí, perdón, continúo. Yo soy más de amaneceres. Por llevar la
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exacto, pero no solo por eso. También podría decirte que el amanecer es para mi la confirmación de algo superior: es el comienzo de un ciclo perpetuo, un punto de referencia para entender que no hay un punto de referencia real. Amanece todos los días, de forma constante, y cada amanecer es un momento único de una sucesión infinita, en tanto que durante mi vida siempre habrá amaneceres. Puede que los colores que se dibujen en el cielo no sean tan hermosos, pero me seduce mucho más el gradual aumento de la luz, como si el mundo abriera su inmenso párpado al sol. Igual que los latidos del corazón, las estaciones, el ciclo de los minerales, las generaciones... es una prueba de tantas de que todo es perpetuo y todo es caduco, al mismo tiempo.
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¿He de suponer de tu silencio que te he conmovido?
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Bien, me gusta ese punto de ironía, es perfecto para terminar de explicar mi punto de vista.
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Claro que no ha terminado, aún queda la conclusión inesperada.
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Tan simple como esto: a ti, como a la mayoría de las personas que conozco, te gustan los atardeceres porque... bueno, respondeme tú misma: si tuvieras que hacer un balance, ¿dirías que has visto más amaneceres o más atardeceres? Y me refiero a observarlos y deleitarte en su desarrollo.
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Tú y la mayoría de las personas, al menos las que conozco. Y aquí viene la fría y práctica verdad: un atardecer es algo fácil de contemplar. Sucede a una hora en la que la mayor parte de la gente tiene tiempo para verlo, y no es necesario un gran esfuerzo. Estamos mucho más acostumbrados a los atardeceres, y algo a lo que se está más expuesto es algo más susceptible de adquirir mayor significado.
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Exacto. Para ver el amanecer hay que madrugar. ¿Y qué crees que inspira más, mirar el amanecer con legañas en los ojos llorosos de bostezar, o terminar un día de playa sentado en la arena mirando el sol poniente?
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El placer ha sido mío. No me odies demasiado. Y llámame pronto.
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No, no. Estoy contento con la tarifa que tengo ahora mismo. La próxima vez llámame desde tu teléfono personal. No creo que a tu jefe le haga gracia que desaproveches así tus horas de trabajo. Además, ''esta conversación podría estar siendo grabada'' blablabla.
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Me alegra que te rías. Llámame, ¿sí?
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Otro para ti. Hasta pronto.

''Esperamos que su consulta haya sido resuelta de forma satisfactoria. Por favor, no cuelgue hasta realizar una breve encuesta de su nivel de satisfacción por el serv...''

Un teléfono se cuelga.

viernes, 18 de julio de 2014

Sin redención. Sin gloria.

La televisión no tenía nada nuevo que ofrecer. No es que todo se repitiera exactamente, pero siendo el contenido sensiblemente distinto cada día, acababa provocando una sensación de familiaridad desagradable como el tono del despertador. Así que se levantó del sofá en el que llevaba ya un par de horas vegetativo y se fue a la nevera, interpretando la eterna danza de los aburridos que van del salón a la cocina y de la cocina al salón. De la televisión a la comida. La nevera de doble hoja se abrió con un leve sonido de vacío y exhaló un aliento frío y concentrado. En la primera balda le observaban los yogures diseminados sin orden. El empaquetado de cartón roto aquí y allá, grupos de cuatro aún unidos y otros sueltos alrededor del bloque principal. Una ola de rabia le subió hasta la cabeza desde no sabía dónde. ''Otra vez el mismo rollo, el puto cartón roto y los yogures tirados de cualquier manera. Estoy harto de tener que repetirles siempre lo mismo''. Pero estaba solo en casa, así que prefirió amasar su cabreo en una píldora comprimida que estallase cuando hubiera víctimas civiles a su alrededor. No le gustaba estar de mal humor y no tener a nadie con quien descargarse, y la mujer y los niños habían salido a comprar. ''Más putos yogures para hacer la misma mierda de siempre. Ha sido el pequeño, seguro. Cuando vuelva se va a cagar''.
Volvió al sofá y se sentó frente al televisor. En la mano derecha sostenía una lata de una bebida energética -original, nada de marcas blancas- y la izquierda buceó entre su trasero y el asiento para encontrar el mando sobre el que se había sentado. A la una y media de la tarde de un jueves no hay gran cosa en la televisión, por mucho que esta fuera por cable y tuviera 962 canales, eso lo sabía ya. Ya eran tres meses y pico de ''arresto domiciliario voluntario''. Casi cuatro meses encerrado en casa. Ni si quiera podía usar los teléfonos -varios, ahora ya en algún vertedero a muchos kilómetros-, porque estaban todos pinchados. Bueno, eso no lo sabía, pero se lo imaginaba: cuando uno no avisa a dónde va a ir salvo por teléfono y al llegar a su destino hay un Seat con dos policías nacionales de incógnito dentro, solo hay que atar cabos. Atar cabos y volver por donde se ha venido, tirar el teléfono por la ventanilla del coche, quemar la tarjeta con el mechero del salpicadero y empezar a buscar rutas de escape. El problema es que cuando uno decide refugiarse en la madriguera, todo el bosque alrededor resulta terreno peligroso.
Al salir al jardín se sintió mejor. Era un magnífico día de primavera y el cielo lucía azul reflejado en el agua de la piscina. Se sentó en una de las sillas de diseño con respaldo adaptable, sujeta-vasos, y todas esas cosas que hacen de la vida de un hombre algo más placentero. El buen tiempo le templó los nervios. Le hizo recordar su infancia, cuando vivía en el campo con sus padres y sus muchísimos hermanos, primos, tíos...
Una época sin casa propia, ni piscina, ni asientos con sujeta-vasos. En realidad había tres vasos en una casa en la que convivían unas quince personas. Hizo cálculos y descubrió que solo con la factura del agua que gastaba la piscina en dos meses podía comprar todo el terreno de la casa en la que se crió, y le hizo gracia. Era una de las cosas que más le gustaba de manejar tantísimo dinero: las comparaciones y los cálculos.
Hubo una noche en la que la cena y la fiestecilla de después habían costado lo que el ganado de todo su pueblo al completo y todavía algo más. Así se lo había estado relatando a sus compañeros de juerga mientras fumaban y fumaban sin parar. Bueno, uno no consigue todo eso sin encontrarse con dificultades. La actual era una investigación por parte de un grupo anti-droga de la policía nacional, pero ya había estado siendo investigado otras veces. Todo pasaría, se olvidarían de él y podría volver a moverse y a mover el negocio. O podría, si la cosa seguía así o empeoraba, subirse a un cuatro motores fuera borda y cruzar el estrecho desde Tarifa a Tanger en menos tiempo que un ferry, y de forma mucho más discreta. Todo estaba bajo control. El único problema era tener que estar encerrado en casa. Tres plantas con garaje para dos coches y jardín. Mucho mejor que Puerto 2 o Botafuegos. Pero, aún así...
La puerta exterior se abrió con su sonido característico. Todo el mundo conoce el sonido de su puerta abriéndose, incluso muchos podrían decir quién la estaba abriendo o de qué manera. Él podía decir incluso cómo de abierta estaba. Tal era la psicosis que le perseguía día y noche desde hacía casi cuatro meses. ''Salto por el muro a la carretera. La llaves del coche, ¡¿dónde están?!'' fue, en una frase, lo que se le vino a la cabeza, mientras se levantaba como empujado por un muelle de la silla de jardín. Se quitó las chanclas a la velocidad del rayo y salió disparado hacia el salón. Empezó a revolverlo todo mientras miraba de un lado a otro en busca de las llaves del coche. Cada pocos instantes levantaba la vista hacia la puerta que unía, mediante un pasillo, el salón con el recibidor de la casa. No podía ver la puerta principal, pero sabía que estaba abierta por la luz que se intuía entraba por ella. ''El puto niño, ha dejado la puerta abierta''. Cada vez que levantaba la vista hacia el pasillo esperaba ver un uniforme azul apuntándole con una pistola a la voz de ''POLICÍA. ¡ARRIBA LAS MANOS!''. Pero el momento no parecía llegar nunca y su corazón estaba a punto de explotarle por los ojos y las orejas. Algo denso y pegajoso le subía por la garganta y le hacía jadear cada vez a un ritmo más acelerado. Entonces, casi al mismo tiempo, dirigió una vez más la vista del cajón que revolvía a la doble puerta de madera de nogal del salón -con cristalera de colores incluida, el precio de todos los zapatos que tuvieron todos sus hermanos en su infancia- y escuchó una voz que decía ''¡Tito! ¡Tito!''
* * * * *

En este tipo de negocios, la familia cobra nuevos significados. Y cuando uno mueve cantidades de cinco cifras al mes, le salen parentescos de todas partes. Ezequiel era uno de esos ''sobrinos'' que no eran hijos de ninguno de sus hermanos, pero que había demostrado que era capaz de pasar seis horas dentro de un fiat punto con el móvil preparado para dar aviso si veía llegar la patrulla. Un chaval cualquiera, que de peón de obra pasó a trapichear en el parque en el que de pequeño había jugado al fútbol. Un chaval cualquiera, sin importancia.
Tras calmarse ambos, y después de que el ''tito'' Yawad le gritara durante diez minutos enteros, pudieron sentarse juntos en el salón. El chaval comenzó a desmenuzar una china a medida que le iba contando lo sucedido. Parecía nervioso y asustado, pero el pulso no le temblaba lo más mínimo y a los treinta segundos ya ardía entre sus labios un porro. Le explicó, mientras ambos fumaban, que la policía había ido a su casa, mientras él no estaba. Le había llamado su hermano, llorando, para decirselo. Por casualidad él estaba inflando las ruedas de su moto en la gasolinera y de allí había salido pitando para venir a verle. ''Es por lo del Churrero. El chaval sobrevivió a los tiros y va a testificar o yo que sé tito. Un lío. Yo me tengo que ir de aquí. Como encuentren la pistola me van a follar''. Y tras decir esto, como si justo entonces se hubiese dado cuenta de lo grave de su situación, empezó a tambalearse como en trance y a repetir maldiciones y juramentos a media voz. El otro lo miró y no sintió ni la más mínima pena. Al fin y al cabo solo era un chaval cualquiera. Si iba preso, habría veinte para sustituirle. Y en cuanto a lo que pudiera saber, lo más importante era que sabía lo siguiente: si le cogían más le valía no decir absolutamente nada y dejar que los mayores se ocupasen. Es mejor salir en libertad porque paguen tu fianza que pasar dos años en la cárcel, salir y llevarse un tiro en el pecho. De la fianza se ocuparía él. Aún quedaban dos millones setecientos en el garaje y repartidos por un par de sitios más. Lo importante ahora era sacar al chico de su casa, y no parecía tarea fácil dado que no se atrevía a poner un pie en la calle y no tenía forma de contactar con el exterior. ''Yo voy a ducharme y ahora vuelvo. En la nevera hay yogures, zumos, CocaCola... cogete algo y tranquilo, ahora vengo'' le dijo con su característico acento de moro cuya lengua materna no es el español.
Cuando se quedó solo, Ezequiel sacó su teléfono y vio que, como de costumbre, se había conectado automáticamente al wifi de la casa. Lo supo porque tenía un mensaje de voz. Era de un vecino suyo. La noticia empezaba a extenderse y todavía no sabía qué haría el tito Yawad al respecto. No podía quitarse de la cabeza la sospecha de que este podría simplemente sacarlo a la calle, darse la vuelta y cerra con llave la puerta exterior de la casa. Pero no tenía mucha más opciones. Decidió tantear alguna otra.
Conocía a un chaval de su barrio que era aficionado a la pesca. Tenía incluso un pequeño bote a motor con el que iba a pescar con su padre los fines de semana. Un chico normal, que ni fumaba ni bebía ni hacía nada que no fuese estudiar, salir a pescar y dar vueltas y vueltas en moto por las tardes. No es que fuesen amigos, pero el dinero siempre acerca a las personas, haciéndolas pasar de desconocidos a hermanos, sobrinos, tíos... Decidió enviarle un mensaje.

* * * * *

Exactamente 24 minutos después de haber subido a la ducha, Yawad bajó totalmente vestido con un chándal adidas -lo más discreto que tenía- y una gorra negra sin marca visible. Le trajo al chico algo de ropa y le indicó que se cambiase en el aseo de la planta baja. Cuando ambos estuvieron vestidos, el tito le explicó que le llevaría con el coche hasta el puerto. Le dejaría allí y él debería llamar ''desde una cabina, no un móvil'' a un número que le pasó en un trozo de papel arrancado de la libreta del colegio de su hija. Le diría a la persona al otro lado de la línea que ''el mercado estaba cerrado'' y que necesitaba un taxi. Entonces solo tendría que seguir las indicaciones del interlocutor. El chico pareció conforme y asintió solícito cuando su falso tío volvió a indicarle que nada de móviles.
Ambos salieron del chalet y enfilaron la pista asfaltada que conectaba la entrada con la carretera principal de la urbanización. El coche se encontraba allí, aparcado lejos de la entrada de la casa y sin un solo documento en su interior por motivos de seguridad. La matrícula estaba cambiada, por supuesto. Pero no había riesgo dado que llevaba parado casi cuatro meses y no tenía planeado moverlo pronto. La policía suele apuntar las matrículas de los coches en fuga, no de los que están parados. Ahora se veía obligado a correr todos estos riesgos, pero el puerto solo estaba a diez minutos escasos de la casa, y era una cuestión de importancia. No podía permitirse correr el riesgo aún mayor de que le descubriesen amparando en su casa a alguien contra el que pesaba una orden de busca y captura por intento de homicidio y tráfico de drogas. El mal menor, simplemente. Así que se montaron en el coche.
Los cinturones hicieron ''click'' y el motor arrancó. Ezequiel buscó en su bolsillo y sacó su móvil. Un móvil táctil, de los que la gente mira constantemente cuando no tiene nada mejor que hacer. Un latigazo recorrió toda la espina dorsal de Yawad. ''¿¡Qué es eso?!'' Al chico no le dio tiempo de responder. De un zarpazo le arrancó el móvil de las manos, lo abrió atropelladamente, lanzó la batería por la ventanilla del conductor y dobló la tarjeta SIM hasta romperla. ''¿HAS LLAMAO A ALGUIEN?'' volvió a preguntar Yawad. ''No no, solo era pal watsapp, para decirle una cosa a mi hermano''. La cólera inundó el cerebro de Yawad. ''¡IMBÉCIL! ¿Has dicho a dónde íbamos? ¿Con quién has hablao? ¿Les has dicho algo de que estabas en mi casa?''
El suave ronroneo de un motor diesel a su espalda cortó la conversación que comenzaba a convertirse en monólogo. Con velocidad felina ambos miraron hacia atrás y vieron un coche aproximándose con dos hombres sentados en los asientos delanteros. Sin pensarselo dos veces, Yawad puso en marcha el coche con un chirrido y todos sus miedos se hicieron realidad cuando vio que el coche que les seguía aceleraba a su mismo ritmo. La fuga no duró demasiado: doscientos metros más adelante les esperaba un furgón azul oscuro con las lunas cubiertas por rejas de metal. Las varias toneladas de BMW X5 se estamparon en el morro del mercedez. El golpe hizo que Yawad se diese un fuerte golpe en la mandíbula contra el volante. Cuando pudo volver a enfocar la vista, una mujer policía le apuntaba con su arma reglemantaria a escasos centímetros, a través del parabrisas agrietado. A su lado un asiento vacío y la puerta del copiloto abierta. A pocos metros, en el suelo, dos agentes inmovilizaban a Ezequiel y le ponían las esposas. El pobre chico iba a pasar mucho tiempo jodido, en correccionales o en la cárcel. La verdad es que no sabía su edad exacta. Puede que fuese tan solo uno o dos años mayor que su propio hijo. Mientras le sacaban del coche y lo tiraban al suelo le dio por pensar que ese niño que pataleaba en el suelo iba a pasar mucho tiempo jodido y que no debía ser mucho más mayor que su hijo. Y por primera vez sintió lástima del muchacho. Aún recordaba cuando era él el chaval cualquiera, cargando sacos de hachís en una goma a cambio de una miseria que gastaba sus vicios de juventud, en su pueblo natal en la costa atlántica del norte de Marruecos. Sintió lástima de sí mismo. Sintió rabia, arrepentimiento, dolor. Y cuando todo eso acabó, ya sentado en la parte trasera del furgón, sintió muchísimo no haber sido mejor padre. Y ahora ya era tarde, joder, muy tarde.